Categoría: Literatura Española

Comentario de “Anoche cuando dormía”, de Antonio Machado

Este deleitoso poema de Antonio Machado depara una primera lectura placentera, a la par que un revelador análisis formal. En efecto, es menester apreciar el ahínco intelectual que el poeta sostiene en estos versos para aromar de sencillez una expresión compleja en su estructura y desgarradora en su significado último.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,   5
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!                       10
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;

y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,              15
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.                     20
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía                 25
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

(Edición de Geoffrey Ribbans para Cátedra, 2006)

Antonio Machado

La composición pertenece a Soledades. Galerías. Otros poemas, recopilación de 1907 que amplía el libro Soledades, publicado en 1903. En los poemas añadidos a la segunda versión, Machado se aleja del modernismo melancólico que impregnaba su primera obra para perfeccionar la estética de la introspección. Así, la voz poética recorre las galerías interiores del poeta para expresar, con inusitada densidad simbólica, la esencia de su ser. El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el sol, el agua, el iris, son símbolos que jalonan el tránsito metafísico del poeta en este libro.

Tengamos en cuenta, no obstante, que “Anoche cuando dormía” aparece en una sección titulada Humorismos, fantasías, apuntes. Se diría que el autor pretende subrayar la ligereza del poema, una especie de juego intrascendente que no se debe mezclar con la seriedad del resto de composiciones. En mi opinión, el poema es liviano en apariencia. La complejidad de la estructura, que examinaremos a continuación, y la fuerza del sentimiento apoyan su inclusión en la búsqueda del yo que representa Soledades. Galerías. Otros poemas.

El tema de la composición es la desolación que procura la pasajera emoción del alma en su encuentro místico con Dios. El poema nos brinda un sentimiento candoroso, reconfortante, mas destrozado por el carácter efímero del sueño. A pesar de esto, en nuestro análisis también sabremos apreciar el sabor amable de estas cuartetas, cuyo olvido empobrecería la lectura.

En cuanto a la estructura externa (análisis métrico), hay que señalar que la composición consta de 28 versos octosílabos agrupados en siete cuartetas, de esquema métrico abab y rima consonante.

La elección de la cuarteta no es casual. Los versos octosílabos y la rima consonante en abab son característicos de la poesía folclórica, popular, y sirven de manera idónea al propósito del poeta de transmitir un sentimiento sencillo y directo.

La estructura interna se divide en cuatro partes:

1a parte: versos 1 a 8. El elemento que destaca en estos versos es el agua.

2a parte: versos 9 a 16. Las imágenes utilizadas son en esta ocasión la miel, las abejas, la colmena.

3a parte: versos 17 a 24. Esta parte se centra en el campo semántico del calor.

4a parte: versos 25 a 28. La última estrofa funciona como compendio de las tres anteriores y conclusión. Nótese la gradación en esta estructura, recurso eficacísimo para comunicar emociones.

A continuación, vamos a analizar una por una y con más detalle las cuatro partes. En la primera, los versos 1, 2 y 4 funcionan como un estribillo, puesto que se repiten al principio de cada parte. La musicalidad que aporta esta anáfora se refuerza con el uso de los octosílabos, verso de tradición popular en la poesía española. El estribillo presenta, por otro lado, una escena banal, casi prosaica (“anoche, cuando dormía”, verso 1) cuyo objetivo es, a primera vista, mostrar la cercanía de Dios y dar a entender al lector que cualquiera, en cualquier momento, puede experimentar un encuentro místico de este jaez. No hay que dejar pasar, empero, un significado quizás oculto en el verbo “dormir”. Si leemos otra composición de Machado:

Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: ¡Despierta!

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Se aprecia en este verbo la idea de indefensión. La persona que duerme no puede luchar contra ataques externos, esto es, contra crisis de fe que socavan sus creencias y le dejan inerme ante los peligros morales que esta situación puede acarrearle. Por otro lado, si tenemos en cuenta las connotaciones de “sueño”, hemos de admitir la desolación indecible del poeta que acaricia la felicidad en el sueño, mas la ve partir al despertar.

En los versos 3 y 5-8, esto es, la segunda cuarteta, predomina el campo semántico del agua: “fontana”, “acequia”, “agua”, “manantial”, “beber”. Como más adelante nos revela el verso 27, (“que era Dios lo que tenía”) los elementos de las seis primeras cuartetas representan a Dios y lo que el poeta, transido de divinidad, siente con su presencia íntima. En este caso, el agua aparece como imagen de vida (verso 7), de regeneración (“nueva vida”). El poeta opta por una personificación del agua, mediante dos vocativos (“di”, “agua”, versos 5 y 6) y una interrogación retórica que ocupa casi toda la cuarteta. Estos recursos le permiten presentar a Dios como alguien cercano con quien es posible hablar.

Las dos cuartetas de la segunda parte (versos 9 a 16) se articulan en torno al campo semántico de las abejas (“colmena”, “abejas”, “cera”, “miel”). La cualidad de este laborioso himenóptero que se identifica con Dios es el bienestar. La dulzura bienhechora de la miel es un bálsamo para el quebranto vital del poeta: las abejas transforman las “amarguras viejas” en “blanca cera” y “dulce miel”.

Otro recurso utilizado por el autor para transmitir el tema es la contraposición de los versos 15 y 16. Las “amarguras viejas” del pasado contrastan con lo “dulce” y lo “blanco” que el encuentro con Dios le hace sentir. Este es un claro ejemplo de cómo la connotación es fundamental para la comprensión del lenguaje poético. “Blanco” y “dulce miel” han de ser leídos como “pureza” y “bienestar”.

El campo semántico del calor caracteriza la tercera parte (versos 17 – 24). “Sol”, “lucía”, “ardiente”, “calores”, “rojo”, “hogar” (lugar de la casa donde arde el fuego), “alumbrar” poseen el mismo significado connotativo (protección, seguridad, también vida). Este significado concuerda perfectamente con la inocencia del poema. Después de vida y bienestar, lo que el poeta siente con la presencia de Dios es protección. La felicidad que procura este estado se revela en el verso se revela en el verso 24:

y porque hacía llorar.

¿Acaso llorar de dicha?. Si así lo queremos leer, la sencillez encantadora del lenguaje alcanza así su cumbre. Se transparenta en este verbo, no obstante, el pesimismo existencial que acecha al poema. “Llorar de felicidad” y “llorar de pesadumbre” por la pérdida de ese calor pugnan por imponerse en la sensibilidad del lector.

Por último, en la cuarta parte aparece la clave de lectura del primer plano significativo. En el verso 27 se menciona a Dios como la verdadera presencia que el poeta siente en su seno. El paralelismo formal con los versos 3, 11 y 19 no es casual, puesto que donde ahora aparece Dios, antes lo hacían “fontana”, “colmena” y “sol”, respectivamente. Esto es, el término que abre el campo semántico de cada parte. Por tanto, el verso 27 sirve de conclusión al reunir en una sola palabra todos los sentimientos expuestos anteriormente. Así pues, Dios es vida, bienestar y protección. Este es el centro de la emoción que el sueño le transmite. Lo consigue condensando toda la composición en dos versos finales con una economía de medios magistral. Estos dos versos (27 y 28 ) completan y cierran el poema, puesto que no se puede ir más allá en la explicación de sus sentimientos. La gradación del sentimiento llega a su cúspide.

Se trata, en resumen, de una composición con un aire aparentemente popular (versos octosílabos agrupados en cuartetas, repeticiones musicales, lenguaje sencillo) que encierra, sin embargo, una complejidad formal innegable (paralelismos, vocabulario distribuido estratégicamente, connotaciones). Se aprecia así la mano hábil del poeta culto. En mi opinión, el valor de la obra consiste en que el esfuerzo intelectual que el comentario pone de manifiesto está al servicio del sencillo decir machadiano. Desde un punto de vista más optimista, esta misma naturalidad expresiva despliega un sentimiento religioso de pulcritud e inocencia universales. Se trata de un Dios amable, reconocible por todos, que une las almas en un sentimiento absoluto de pureza y felicidad. En cambio, la lectura desesperanzada hunde al lector en un sentimiento de desconsuelo atroz, puesto que toda la felicidad que derrama el poema no es más que una ilusión.

A mi juicio, este sentimiento es coherente con el significado que aportábamos más arriba a las secciones añadidas de Soledades. Galerías. Otros poemas. El viaje interior que nos revelan sus composiciones obtiene de este poema una reflexión que lo impulsa a las cumbres introspectivas de Galerías. El lugar que ocupan estos gratos versos tanto en el libro como en nuestra literatura está, pues, enteramente justificado.

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Comentario de Ocaso, poema de Manuel Machado

Era un suspiro lánguido y sonoro

la voz del mar aquella tarde… El día,

no queriendo morir, con garras de oro

de los acantilados se prendía.


Pero su seno el mar alzó potente,

y el sol, al fin, como en soberbio lecho,

hundió en las olas la dorada frente,

en una brasa cárdena deshecho.


Para mi pobre cuerpo dolorido,

para mi triste alma lacerada,

para mi yerto corazón herido,


para mi amarga vida fatigada…

¡el mar amado, el mar apetecido,

el mar, el mar y no pensar en nada!…

Portada de la revista Ínsula dedicada a Manuel Machado

Vamos a comentar en esta ocasión un soneto de Manuel Machado (1874-1947), poeta sevillano considerado uno de los nombres principales del modernismo español. En concreto, este soneto pertenece a Alma, su primer gran libro y quizá el mejor. En este libro se conjuga un intimismo de estirpe simbolista con la presencia de la belleza y el exotismo e, incluso, con un poema dedicado a Castilla.


Esta composición expresa el deseo de la voz poética de abandonar su vida atribulada para alcanzar la paz absoluta del alma en la muerte.


En cuanto a la métrica, nos encontramos ante un soneto: catorce versos endecasílabos agrupados en dos cuartetos y dos tercetos. La rima consonante es ABAB CDCD EFE FEF. Cabe señalar que el soneto riguroso presenta rima en A y B también en el segundo cuarteto, frente a la variación que introduce aquí el poeta.


Por otro lado, y como es de regla en los buenos sonetos, la estructura interna depende de la externa. Podemos, por tanto, establecer las siguientes partes:


1ª parte (los dos cuartetos, versos 1 – 8): se describe la puesta de sol.

2ª parte (los dos tercetos, versos 9 – 14): expresan el efecto de esta contemplación en la voz poética.


Vamos a explicar a continuación con más detalle cómo se expresa en el poema el deseo de reposo eterno contenido en la idea principal.


La composición empieza con un sonido (“suspiro” verso 1), seguido de una nota de color (“oro”, verso 3). Este lenguaje es propio del Modernismo, que emplea con profusión las sensaciones (colores, tactos, sonidos) para crear en los poemas un ambiente propicio a la sensibilidad. Esta impresión se ve reforzada por la adjetivación del primer verso, típicamente modernista (“lánguido y sonoro”).


Destacan asimismo las personificaciones del mar y el día en los versos 2 y 3 (“la voz del mar”, “el día, no queriendo morir”). Responde esta elección a la sensibilidad poética modernista, en auge cuando se compusieron estos versos. La voz poética busca en el paisaje elementos que simbolicen1 sus emociones. Así pues, el mar es la muerte, y su voz, la atracción del poeta por el sosiego que procura. El día (metonimia por el sol), por su parte, es el poeta mismo, que se aferra a la vida por instinto, pero que se sabe condenado a la muerte, como el día a la noche.


Cabe comentar en este primer cuarteto la metáfora “garras de oro” (verso 3), por los rayos del sol. Es un buen ejemplo de lenguaje modernista: por un lado, la poderosa nota de color ilustra el gusto modernista por lo sensorial, como ya se ha mencionado; por otro, corrobora el significado de la personificación explicada en el párrafo anterior (“el día, no queriendo morir”). “Garra” posee una connotación de fuerza, de manera que se acentúa la desesperación con la que el poeta, aun deseando la muerte, se abraza a la vida.


En el segundo cuarteto asistimos a la puesta de sol anunciada en el primero y en el título. Este presagio de la muerte se manifiesta a través de un vocabulario cuidadosamente escogido. Para empezar, la estrofa se abre con una conjunción adversativa que anula el ímpetu con el que el día (el poeta) anhelaba conservar un último suspiro (“pero” verso 4) y que anuncia, por tanto, la muerte. El poder de la muerte se representa con el expresivo sintagma “alzó potente” (verso 4) y el adjetivo “soberbio” (verso 5).


En contraste con el vigor de estos términos, los versos 7 y 8 se construyen en torno a un vocabulario que sugiere decadencia: “hundió” y “brasa cárdena deshecho”, metáfora por el apagado sol del atardecer. Esta es la oposición central del poema, la vida que se apaga frente a la muerte reparadora.


Comienza aquí la segunda parte del poema. Se describe la vida castigada del poeta con un paralelismo muy efectivo. En primer lugar, la anáfora de los versos 9 a 12, “para mi” resalta con la repetición el quebranto del poeta, además de aumentar el suspense en el lector, que espera alivio para esta desazón. Aporta, a mi juicio, un aire de plegaria o confesión muy expresivo. En segundo lugar, lo más efectivo del poema quizá sea la repetición de los sintagmas “adjetivo nombre adjetivo”. Nótese, por un lado, la enumeración “cuerpo”, “alma”, “corazón”, resumidos en la “vida” del verso 12; por otro, la sucesión de adjetivos justifica el deseo de morir, tema principal en el poema, como ya hemos visto.


Este anhelo vital explota en los dos últimos versos, cuya fuerza se basa en la exclamación, la repetición y la expresión sin ambages del sentimiento. En el verso 13, “mar” aparece modificado por los adjetivos “amado” y “apetecido”, que contrastan con los adjetivos del primer terceto. En el 14, “mar” aparece sin vestimentas, intensificado por una nueva repetición. El ardor de la voz poética que muestran estas repeticiones resalta el valor simbólico del mar en este soneto: la muerte que aporta sosiego al atormentado.


La composición se cierra con una afirmación (“no pensar en nada”, verso 14) cuya franqueza apenas deja sitio a la metáfora. No hay duda ya para el lector de que la voz poética, en estos arrebatados versos, está refiriéndose directamente a la muerte, sin recurrir a la elaboración poética del ocaso. Esta sinceridad es, por otro lado, una respuesta eficaz a la desazón expresada en los versos 9 a 12 (mi amarga vida necesita la muerte).


En resumen, Manuel Machado cultiva en “Ocaso” el estilo modernista propio de la época (símbolos, adjetivación basada en lo sensorial, etc.). Consigue, sin embargo, transmitir una emoción humana con naturalidad y sinceridad. En efecto, el lector se identifica con el quebranto del poeta, de manera que estos versos dejan de ser testimonio de una corriente determinada para convertirse en poesía de alcance universal.


1 Recordemos que el Modernismo se llama en literatura francesa Simbolismo.

Comentario: Mientras por competir con tu cabello, de Góngora

Mientras por competir con tu cabello,

oro bruñido al sol relumbra en vano;

mientras con menosprecio en medio el llano

mira tu blanca frente el lilio bello;

  mientras a cada labio, por cogello.                   5

siguen más ojos que al clavel temprano;

y mientras triunfa con desdén lozano

del luciente cristal tu gentil cuello:

 

  goza cuello, cabello, labio y frente,

antes que lo que fue en tu edad dorada                  10

oro, lilio, clavel, cristal luciente,

 

  no sólo en plata o vïola troncada

se vuelva, mas tú y ello juntamente

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Góngora retratado por Velázquez
El autor

Nos hallamos ante un soneto celebérrimo, en el que Góngora desarrolla el tema clásico de lo efímero y marchitable de la juventud y la belleza humanas, conocido como carpe diem. Este tropo clásico se suele traducir por “aprovecha el día”, es decir, goza de tu juventud antes de que se vaya, sin pensar en el mañana. Está documentado por primera vez en un poema de Horacio (Carmina, I, XI):

Dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

(Mientras hablamos habrá huido, envidioso, el tiempo.
Goza el hoy; mínimamente fiable es el mañana.)

En el siglo IV, Décimo Magno Ausonio escribió en su poema “De rosis nascentibus” otra formulación del tópico, Collige, virgo, rosas (Recoge, doncella, las rosas mientras la flor está lozana y la juventud fresca…). Son abundantísimos los ejemplos de autores que han recogido este sentimiento universal en sus poesías, como Pierre de Ronsard en uno de sus Sonnets pour Helène de 1578. En la tradición española, los casos más estudiados acaso sean el soneto XXIII de Garcilaso de la Vega y el que nos ocupa, a menudo comparados en comentarios de índole escolar. Pero también hay poetas modernos que han desarrollado el tema. Entre otros muchos, citaremos a Francisco Brines (El otoño de las rosas) y Luis Alberto de Cuenca (Collige, virgo, rosas).

El tema principal de la composición es, así pues, una exhortación a disfrutar sin demora de la juventud y la belleza, así como un aviso de la muerte inexorable que reducirá todo lo que hoy triunfa fresco y alegre al olvido, a la nada. Podemos distinguir tres elementos que se entrecruzan: la belleza, el tiempo y el goce vital. Este comentario tratará de analizar cómo se relacionan para transmitir el tema principal.

Veamos ahora, pues, la estructura del poema. Su estructura externa es, como ya hemos mencionado, la de un soneto clásico impecable: catorce versos endecasílabos, agrupados en dos cuartetos y dos tercetos con la siguiente rima consonante: ABBA ABBA CDC DCD. Como en todo buen soneto, la división interna está condicionada por la métrica. A este respecto, podemos distinguir las siguientes partes:

1ª parte: versos 1 a 8. Ocupa los dos cuartetos una descripción canónica de la belleza femenina (cabello, frente, labios, cuello). Bajo un punto de vista sintáctico, encontramos cuatro oraciones subordinadas adverbiales de tiempo, introducidos por “mientras”, que funcionan como complementos circunstanciales del verbo principal, “goza”, ya en la segunda parte.

2ª parte: verso 9. “Goza” es, sintácticamente, el verbo principal de la oración compleja única que conforma el soneto. Esta dependencia sintáctica revela una subordinación en cuanto al sentido, como veremos.

3ª parte: versos 10 a 14. Forman otra subordinada adverbial que depende del “goza” señalado antes como elemento clave del poema.

Estudiemos ahora con más calma cada una de estas partes, así como los recursos literarios que utiliza el poeta para transmitir el tema principal.

En la primera parte, la descripción física de la amada sigue las pautas de la belleza canónica en la lírica cortés[1]. El amante cortés enumera en un orden fijo las partes del cuerpo de la amada, puesto que corresponde a la norma y a lo que espera la audiencia. En este caso, se establece una comparación entre éstos y diversos elementos de la naturaleza. Nótese que la adjetivación ponderativa no se aplica a la mujer, sino al otro término de la comparación. Cada uno de estos términos constituye una hipérbole o exageración, cuya intención es realzar la gracia de la dama. Veamos ahora cómo:

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versos 1 y 2: el cabello se compara con el oro que relumbra al sol. El canon de belleza de la lírica provenzal exige que la mujer sea rubia. El triunfo de la amada se expresa con el sintagma “relumbrar en vano”. El cotejo del cabello con el “oro bruñido” ensalza su atractivo.

versos 3 y 4: la frente se mide con un lirio, flor blanca tradicional en la poesía. Se trata, además, de un “lilio bello”, lo que exige de la epidermis cantada mayor albicie y esplendor, si cabe. La piel blanca es considerada bella y aristocrática, frente a la curtida, que denuncia las envilecedoras labores del campo, apropiadas para una campesina mas deshonrosas en una cortesana. El verbo y su complemento nos comunican, de nuevo, la victoria de la amada (“mirar con menosprecio”, separados por un hipérbaton)

versos 5 y 6: los labios se confrontan al clavel. Los labios hermosos son rojos (indicio de buena salud, por otra parte). El clavel es “temprano”, es decir, despliega el encarnado más vehemente. Tan bellos son los labios de la amada que, aún asi, se elevan sobre el rojo casi perfecto de la flor. En este caso, la comparación es, en lo sintáctico, más convencional, puesto que tenemos la locución adverbial “más que”. La gloria de los labios es su mayor poder de atracción (“siguen más ojos”, atrae más miradas). No olvidemos que era punto de honor en el amante cortés poseer la enamorada más bella de cuantas hay en el mundo[2].

versos 7 y 8: el cuello de la amada y el cristal conforman los dos elementos de la comparación. Volvemos a encontrar un sintagma muy elocuente para resolver la competencia entre ambos: “triunfa con desdén lozano”. Expresivo también es el “luciente” que no sirve de obstáculo al resplandor del conjunto de músculos, tendones, osamenta y grasas que unen la cabeza de la amada con el tronco.

Gracias a las comparaciones hiperbólicas que integran esta primera parte, sabemos que la belleza de la mujer a la que se dirige la voz poética es insuperable. Esto no hará sino reforzar el tema principal ya expresado, puesto que tanto más dramático es el marchitarse de una beldad cuanto más gloriosa se exhibió ante nuestros ojos.

El elemento fundamental de la segunda parte, y de todo el poema, es el verbo “goza”. Es, por un lado, el verbo principal del que dependen todos los demás; por otro, representa por sí sólo la idea principal del soneto, ya que conmina al deleite de todo lo elogiado en la primera parte. La enumeración en este verso noveno de las partes del cuerpo despojadas de adjetivación encomiástica anuncia el tono crudo de la tercera parte.

Destaca el paralelismo entre este verso y el undécimo, que lista los elementos comparados en los dos cuartetos, y sobre todo con el decimocuarto, que comentaremos más adelante.

La tercera parte se abre con un nuevo presagio del descarnado verso final. El adverbio “antes” convierte el consejo (“goza”) en una advertencia (“goza antes que”)[3]. La sensación de pérdida de la juventud que vertebra esta composición se revela con mayor nitidez en el pasado “fue” que se aplica a la relación del verso undécimo y se complementa con “tu edad dorada”.

Los versos 12 y 13 aparecen desordenados en un brusco hipérbaton, como la imagen de la violeta “troncada”. Esta expresión aparentemente caótica es frecuente en la poesía barroca. Refleja la visión arrebatada del ser humano y de sus circunstancias, novedosa respecto al orden clásico renacentista[4]. Este quebranto sintáctico permite, por otro lado, aislar al principio del penúltimo verso el verbo “se vuelva”, que da un paso más en la advertencia que va tomando forma ante nuestros ojos a medida que avanzamos en los versos (“goza antes de que se vuelva”). Sigue una confirmación enfática del objeto de esta exhortación (“tú y ello juntamente”), que deja al lector aguardando una resolución esperada mas no por eso menos sobrecogedora.

El efecto lírico de este excepcional verso postrero es estremecedor, ya que se establece un contraste mayúsculo entre esta siniestra enumeración y los versos noveno y undécimo (esto es, con los dos cuartetos). La advertencia se completa y se transmite con gran eficacia el mensaje del soneto. Para mayor patetismo e instrucción de los lectores, la relación aparece graduada, desde un “tierra” hasta el insondable, el pavoroso, el espeluznante “nada” que arroja la pobre esperanza de nuestras almas peregrinas a un Hades abisal, sepultada por la aniquilación, el olvido, la muerte. Es menester señalar, por otro lado, que no sólo se aprecia una graducación en este verso. Ya hemos destacado la creciente intensidad del poema, desde los amables versos iniciales hasta el escalofriante decimocuarto. Esta progresión se consigue con la fragmentación sintáctica (mientras / goza / antes que / se vuelva)

En resumen, se trata de un soneto que presagia en inconmensurable talento poético de Góngora. La maestría que exhibe ya en su juventud consigue animar lo que en otras manos sería, presumimos, un ejercicio de estilo sin trascendencia o una glosa, más o menos afortunada, de un tropo clásico en la literatura muy del gusto de los poetas barrocos, como es el de la fugacidad de la vida.


[1] Esta lírica amorosa, que tiene su origen en la Provenza del siglo XI, influye en la concepción amorosa de numerosos poetas posteriores. El Marqués de Santillana, Lope de Vega o Góngora son sólo algunos de los poetas que se han inspirado en esta tradición para sus composiciones.

[2] Poco después, Cervantes ridiculiza esta actitud, cuando don Quijote se gana una porción de palos por enaltecer con desatino a Dulcinea ante una procesión de comerciantes.

[3] La ausencia de la preposición “de” no está impuesta por las servidumbres de la métrica, que Góngora dominaba, sino que se trata de la forma habitual en la lengua de la época.

[4] Esta afirmación es bastante simple, pero no corresponde a este comentario analizar en detalle las generalidades estéticas de una época, industria que requiere mayor desarrollo y referencias a la pintura, la escultura, así como a reflexiones de índole religiosa y filosófica.

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Comentario de Texto: A José María Palacio, de Antonio Machado

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,                            5

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas

y nevados los montes de las sierras.                   10

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,

allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas                                               15

entre la fina hierba?

Por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,                  20

y labriegos que siembran los tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos                   25

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,             30

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra…



Nos encontramos ante un poema completo, compuesto por Antonio Machado. Entre las obras de este poeta sevillano destacan Soledades (1903), Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), Campos de Castilla (1912) y Nuevas canciones (1924).

“A José María Palacio” forma parte de Campos de Castilla, colección de poemas en los que Machado evoca el paisaje castellano con un lenguaje sobrio y expresivo. Las descripciones del campo soriano están acompañadas de reflexiones críticas sobre la historia de España y dejan translucir en ocasiones una honda melancolía personal.

Leonor y Antonio MachadoEn este poema se nos muestra el renacer de la naturaleza en primavera, mas el tema central es la esperanza inalcanzable en el renacer de la amada del poeta, muerta joven. Es preciso destacar asimismo dos temas secundarios que matizan el tema central: por un lado, la melancolía del poeta, causada por la soledad, por la lejanía física de esa primavera; por otro, su vacilación en el momento de expresar la esperanza a la que se refiere el tema central.

En cuanto a la estructura externa, el poema es una silva arromanzada, es decir, una combinación de treinta y dos versos endecasílabos y heptasílabos con rima asonante en los versos pares.

La estructura interna consta de dos partes principales:

1a parte: versos 1 a 28. El poeta describe los efectos de la primavera en el paisaje soriano.

2a parte: versos 29 a 32. Con estos versos pide a su amigo que visite la tumba de Leonor, su joven esposa fallecida a causa de una enfermedad.

Esta separación es superficial. Es necesario realizar un análisis más detallado para apreciar la riqueza del poema y la delicadeza con la que trata el tema central y los secundarios. A continuación leeremos línea por línea para extraer todo su significado y ver cómo los elementos de la naturaleza, presentes en toda la composición, se relacionan con la esperanza, la melancolía y la indecisión expresadas en los mensajes centrales.

La composición empieza con un apóstrofe (“Palacio, buen amigo”). Encontramos, pues, un destinatario explicito al que parece ir dirigido el poema. Cuando vuelva a aparecer en el verso 27 ya habremos aprendido que es más que un simple amigo lector y entenderemos su intención literaria.

En los versos segundo a cuarto se menciona la primavera, elemento en torno al cual se construye el poema. Podemos ya observar aquí dos recursos que aportan relieve literario a la lengua del poema. Por un lado, la personificación de la primavera:

¿Está la primavera

Visitiendo ya las ramas de los chopos?

(versos 2, 3)

da mayor viveza a sus efectos regeneradores. Por otro, la metáfora que presenta el brotar de las hojas como vestidos que la naturaleza tiende a los árboles proporciona una visión poética de la estación.

 

Por su parte, “primavera” aparece escrita con mayúscula en el quinto verso. Se hace referencia de este modo a la visión mitológica de esta estación: la diosa Perséfone, hija de Démeter y Zeus, fue raptada por Hades y regresa de los infiernos una vez al año. Para mostrar su alegría, Démeter reverdece el campo y le devuelve la vida, precisamente lo que el poeta nos muestra en esta composición.

 

Se dice en este verso, además, que la primavera tarda en llegar (es decir, que el invierno ha sido largo). Esta afirmación viene precedida por tres encabalgamientos (versos 2-3, 3-4, 4-5) que lentifican la lectura y pretenden reforzar en el lector la idea del fin del invierno que se hace esperar. Esto contrasta con el verso sexto:

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…

que se lee sin interrupciones, por lo que el ritmo de la lectura se ve vivificado. Al añadir una exclamación, el autor ilustra la eclosión de vida y alegría que esta llegada produce.

En el verso séptimo se formula una segunda pregunta retórica, como todas en la composición:

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

El poeta en realidad no espera respuesta, no la necesita, puesto que él conoce la primavera en Soria, como demuestra la profusión de detalles con los que describe el campo. Su verdadera intención es mostrar su aislamiento respecto a esta primavera, de la que él no goza desde la muerte de su amada.

Esta pregunta, formulada del mismo modo que las demás – haciendo hincapié en un aspecto del paisaje – expone de nuevo la idea contenida en el tema, la primavera y su efecto regenerador, mediante la contraposición de los opuestos viejos / nuevos.

A continuación, los versos noveno y décimo siguen describiendo desde la distancia el paisaje soriano. La soledad del amante se expresa aquí mediante el futuro de hipótesis:

Aún las acacias estarán desnudas (verso 9)

Los versos decimotercero a decimosexto contienen otras dos interrogaciones retóricas, formuladas en paralelo y en las que aparecen cuatro binomios adjetivo – sustantivo que ilustran el paisaje con maestría.

 

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

 

Como ya hemos mencionado, mediante estas interrogaciones retóricas el poeta aparece lejos de ese paisaje y ajeno, por tanto, al renacer de la vida que la primavera trae. Tras la muerte de su esposa, vive en soledad y no hay vida ni alegría posibles para él.

A partir del verso decimoséptimo, y hasta el vigésimo octavo, el poema continúa mostrando elementos del paisaje castellano que ahondan en la visión melancólica que de la primavera tiene el poeta. Encontramos, de nuevo, los rasgos característicos de la composición: elementos concretos del paisaje en los que se destaca lo nuevo (cigüeñas, trigales verdes, mulas pardas). El adverbio “ya” (en los versos décimo octavo, vigésimo segundo y vigésimo octavo) señala la vuelta de estas acciones cíclicas; los futuros de hipótesis que marcan el distanciamiento del poeta respecto a la vida:



Habrá trigales verdes (verso 19)



Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán […]

(Versos 25 a 27)

Una segunda invocación al supuesto destinatario de la poesía (verso vigésimo séptimo) cierra esta extensa primera parte. Con esta repetición, el lector muestra cierta vacilación en la voz del poeta. En efecto, éste desea desde el principio decir algo al lector explícito que es Palacio, y las descripciones y preguntas que han ocupado el poema se nos revelan una excusa para retrasar la verdadera intención del poeta, quien se decide finalmente a hablar en la segunda parte. Este sentimiento de vacilación se descubre en el verso vigésimo séptimo, pero impregna toda la composición y aclara con luz nueva la insistencia en el detalle y justifica la reiteración. Debe ser considerado, por este motivo, un tema central del poema.

En la segunda parte encontramos elementos descriptivos del paisaje, en los que se mantiene la idea de regeneración, mas sin las notas de color que abundaban en la primera parte. Por ejemplo, los “primeros lirios” y “las primeras rosas” en los versos vigésimo noveno y trigésimo. Los dos únicos adjetivos calificativos de esta parte nos muestran, asimismo, el estilo más seco que caracteriza al final del poema. Por otro lado, ambos están relacionados: “azul”, en el verso trigésimo primero, y “alto” en el siguiente, transportan al lector desde la colina del Espino al Cielo, esto es, al paraíso en el que mora eternamente su amada.

Sin embargo, el elemento que mejor transmite el tono directo de estos versos es el deprecativo “sube” (verso trigésimo primero), que saca a la luz en los últimos dos versos el deseo antes velado (visitar la tumba de su esposa):

sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra…

Por último, es preciso aclarar la naturaleza de esta intención, puesto que se trata de algo más que pedirle un favor a un amigo. Este deseo no es ajeno a la idea de renacimiento recurrente en el poema: así como la naturaleza renace en primavera, el poeta alberga la esperanza de que Leonor también resucite. La imposible expresión de este anhelo se sustituye por unos puntos suspensivos cargados de significado.

En resumen, el valor de este poema reside en la elaboración literaria del lenguaje descriptivo. A través de elementos concretos del paisaje, el poeta consigue transmitir un estado de ánimo y unos sentimientos universales (melancolía, soledad, esperanza), sin utilizar un lenguaje artificial o cargado. Esta aparente sencillez hace que la composición sea aún apreciada por el lector actual, en especial los jóvenes, aunque sea necesaria una lectura profunda para desentrañar su verdadero significado.

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Comentario de texto: Canción de la vida solitaria, de fray Luis de León.

¡

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido; 5

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspes sustentado! 10

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera. 15

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado? 20

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso. 25

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero. 30

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido. 35

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo. 40


Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,]
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.] 45

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura. 50

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.55

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido. 60

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.65

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía. 70

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.75

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado. 85


Vocabulario esencial para una lectura completa del texto:

No le enturbia el pecho: no le da envidia.
No cura: no le preocupa.
Encarama: alaba.
Presta: aprovecha.
Viento: presunción, vanidad.
Almo: vivificador, que alimenta.
Arbitrio: albedrío, voluntad.
Flaco leño: barco frágil.
No es mío: no me interesa.
Antena: mástil del barco.
La mar enriquecen a porfía: sus riquezas se hunden en el mar.
Abastada: abastecida.
Con sed insaciable / del peligroso mando: que ansía el poder.
Acordado: afinado.
Plectro: púa para tocar instrumentos de cuerda.
Seguro: lugar que ofrece seguridad.
Del que las sangre sube o el dinero: se refiere al rico que se deja llevar por el orgullo.


El poema que vamos a comentar es, tal vez, el más célebre de su autor, fray Luis de León (1527 – 1591). Se trata, sin duda, de uno de los grandes poetas renacentistas en español. En primer lugar, por su dominio de las formas italianizantes, tanto el endecasílabo como los temas propios de esta poética; también por su conocimiento de la literatura anterior (Garcilaso, Boscán, Hurtado de Mendoza, Montemayor, Cetina, Manrique, la poesía cancioneril, los libros poéticos de la Biblia… todos dejan huella en sus versos) y, sobre todo, de las fuentes. Fray Luis es seguidor de Horacio, admirador y traductor de su poesía, y de Virgilio. El agustino es un buen ejemplo de la imitatio renacentista, que va mucho más allá de una simple adaptación de lo escrito por los clásicos latinos o griegos.

En esta poesía fray Luis desarrolla un tópico característico de la poesía renacentista: el llamado “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, que toma su nombre de la obra de Antonio de Guevara, publicada en 1539. El poeta pretende, por tanto, loar el cariz bienhechor de la vida retirada en contraste con la doblez malintencionada del que habita en la corte o con su vida esclavizada por las obligaciones de la civilización. Es necesario percibir la dimensión alegórica de la oposición “vida retirada” / “vida en la ciudad”. Si bien este poema puede haber sido escrito con motivo del retiro de Carlos I a Yuste o para expresar líricamente la serenidad experimentada en la finca “La Flecha”, que la orden poseían cerca de Salamanca, la vida apartada responde a un anhelo de paz espiritual, de libertad, que toma forma en un deseo de vivir retirado, dedicado a la música y al cultivo de las letras.

En cuanto a la estructura externa, está compuesto por ochenta y cinco versos agrupados en diecisiete liras (estrofas de cinco versos, que combina heptasílabos y endecasílabos con el siguiente esquema rítmico: aBabB). Adopta aquí fray Luis esta estrofa italianizante introducida por Garcilaso en su canción “A la flor de Gnido”. La composición completa es una oda, esto es, una canción de origen italiano que utiliza la lira como unidad estrófica y que se dedica al cultivo de sentimientos elegíacos y bucólicos.

La estructura interna presenta las siguientes partes:

1ª parte: versos 1 a 5 (¡Qué descansada…han sido!). Presentación del tópico.
2ª parte: versos 6 a 20 (Que no…mortal cuidado?). El poeta afirma su desdén por el poder, la riqueza o la fama.
3ª parte: versos 21 a 60 (¡Oh, campo…del cetro pone olvido). Idealización del paisaje como marco sublime para el recogimiento anhelado.

4ª parte: versos 61 a 70 (Téngase…enriquecen a porfía). Advertencia a los que ansían honores y riquezas.

5ª parte: versos 71 a 85 (A mí…sabiamente meneado). La voz poética admite su deseo de vivir con sencillez dedicado al cultivo de al poesía.

Veamos a continuación las partes una a una para analizar con más detalle el contenido.

En la primera se presenta el tema principal mediante una exclamación retórica que ocupa los diez primeros versos. Es evidente su efecto expresivo. Como ya se dijo más arriba, “ruido” y “escondida senda” poseen significados alegóricos: son metáforas que ilustran el frenesí cortesano y la búsqueda de la virtud, respectivamente (la fuente de este sentido estoico-epicúreo son Horacio y el tópico del Secretum iter). Respecto al estilo, destaca el encabalgamiento de los versos 3 y 4. La abrupta separación gráfica, en principio obligada por mor de la rima, parece corroborar el significado del sintagma quebrado. Muchos son los críticos, no obstante, que han hecho notar cómo el carácter exaltado del fraile se revela en los versos del poeta, tradicionalmente vistos como un ideal de serenidad y placidez[i].

En la segunda parte comienza a enumerar los aspectos de la vida contemporánea que le parecen despreciables: el poder (“de los soberbios grandes el estado”) y las riquezas (“dorado”, “jaspes”). Tenemos dos muestras de estilo abrupto, el hipérbaton del verso 7 (el estado de los grandes soberbios) y el encabalgamiento entre el 8 y el 9:

ni del dorado techo

se admira

Continúa en la tercera lira el repaso del poeta a los defectos que afean la conducta pública de los hombres. Los versos 11 y 12 alaban a quien no se deja llevar por la vanidad (“la fama”) ni por la hipocresía (los tres versos siguientes). Obsérvese aquí el tópico clásico del Vanitas vanitatis, que ilustra el desdén por quienes pretenden ganar a toda costa los elogios de sus contemporáneos.

En la cuarta estrofa se subraya esta idea mediante una interrogación retórica acerca de la infelicidad que procura el desvelo por la opinión ajena, representada por las metáforas “el vano dedo” y el “viento”. Recoge así la idea de Horacio: la plebe es como el viento, un día sopla en una dirección, al siguiente muda. En cuanto al estilo, descubrimos un nuevo hipérbaton en el verso 12 (canta su nombre con voz pregonera).

Fray Luis de León en Salamanca

La quinta estrofa abre la tercera parte de la oda. Se establece una alegoría: la ciudad es el mar tempestuoso, y el hombre atribulado un barco a punto de naufragar. Nótese la enumeración tópica de elementos de la naturaleza y los latinismos “secreto” y “almo”[ii].

A continuación, la vida relajada del campo y los trabajos de la corte se confrontan[iii] siguiendo con el espíritu de la composición. Se oponen ahora su “sueño” (olvidarse de la desazón qe procura la ciudad) con dos personajes que representan vicios censurables: el tirano (“a quien la sangre ensalza”, es decir, el que es hecho rey por su ascendencia) y el avaro (“el dinero”), ambos en el verso 30. La infelicidad que sus apetitos les procuran se simboliza en la metáfora “ceño severo”. El vocabulario está elegido con esmero en esta sexta estrofa para articular esta contraposición:

sueño, puro, alegre, libre / severo, sangre, dinero

La séptima lira presenta un paralelismo con la anterior: el contraste se establece ahora entre el canto de los pàjaros, metáfora de la libertad y las preocupaciones (“cuidados”) de quien vive sometido al poder de otro (el “ajeno arbitrio”). Cabe señalar que fray Luis hace resonar aquí unos versos de Garcilaso:

Y las aves sin dueño,

Con canto no aprendido

Hinchen el aire de dulce armonía

(Égloga II, 67-69)

quien se inspira, a su vez, de Propercio.

En la misma línea está la estrofa octava, en la que el poeta canta su apetencia de libertad al oponer la vida elegida y la impuesta:

Quiero vivir conmigo (verso 36)

a solas, sin testigo (verso 38 )

Frente a

Amor, celo, odio, esperanzas, recelo (versos 39 y 40).

Tal como comentamos en la estrofa anterior, el uso del vocabulario es un recurso capital para transmitir el mensaje.

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La particularidad de la novena lira es la aparición de un nuevo tópico, el locus amoenus. El “huerto” del verso 42 representa la naturaleza idealizada, donde la primavera reverdece eternamente, imagen de la vida sencilla y de las bondades de lo rural. Este tópico, muy frecuente en la literatura de alabanza de aldea, se extiende por las tres siguientes estrofas. La personificación de los elementos del paisaje es un recurso usual en este tipo de descripciones, en este ejemplo, la fuente (leemos en el verso 49 el cultismo “fontana”):

y como codiciosa

[…]

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura (versos 46, 49, 50)

vistiendo (verso 54)

va esparciendo (verso 55)

Los estudiosos del poeta belmonteño han señalado a Tíbulo y Virgilio como fuentes directas de estos versos.

De nuevo encontramos en la decimosegunda lira un contraste comentado con anterioridad. El vocabulario opuesto logra el efecto retórico de encomiar este rincón deleitoso a la par que se desdeñan el oro y el cetro (verso 60), metonimias de la riqueza y el poder.

el aire, mil olores, menea, manso ruido, olvido / oro, cetro

En la cuarta parte se retoma la alegoría de la vida como un mar revuelto que amenaza el bienestar del navegante (versos 61 a 65). La metáfora “falso leño”[iv] (verso 62) representa la tranquilidad del hombre por sus riquezas (“su tesoro”, verso 61), amenazada por los vaivenes de la vida. Estos peligros aparecen simbolizados por los vientos nuncios de la tormenta del verso 65.

El naufragio se confirma en la lira siguiente (metonimia “antena” = barco), en el que se describen alegóricamente las desdichas que amenazan al hombre que todo lo fía a lo material, a las cosas de este mundo. En lo estilístico, destacan la dramática contraposición entre “ciega noche” y “claro día” (verso 67). La frase que conforman ambos sintagmas está, a su vez, dislocada por un hipérbaton (el claro día se torna en ciega noche) y un encabalgamiento.

Estos dos recursos morfosintácticos vuelven a aparecer en los dos versos siguientes, 68 y 69 (una confusa vocería suena al cielo). Se trata de dos ejemplos magníficos de la expresión intrincada que, a decir de algunos comentaristas, refleja la personalidad del autor[v].

La última parte de la oda regresa al tema de la vida sencilla sublimada. Se consigue así un cierre efectivo de las enseñanzas del poema. La “pobrecilla / mesa” (encabalgamiento en los versos 71 y 72) se prefiere al boato espectacular de la corte (“la vajilla / de fino oro labrada”, hipérbaton en los versos 73 y 74). Se trata de un nuevo tópico clásico, el Aura mediocritas en esta ocasión, o “dorada medianía”. Alaba el carácter positivo de la mediocridad, entendida como sencillez, alejada de toda ostentación.

A partir del verso 80 leemos un nuevo componente de la vida discreta enaltecida en esta oda:

cantando (verso 80)

de hiedra y lauro eterno coronado (verso 82)

son dulce, acordado (verso 84)

plectro (verso 85)

La corona de laurel era el atributo que distinguía a los poetas en la antigüedad clásica. Esto y las restantes referencias a la música sitúan al lector ante el verdadero dilema de fray Luis: la vida o la poesía. Más que un grato acompañamiento en la quietud hortense, el estudio de la música y de la poesía es la verdadera aspiración del sabio, aquel hombre excepcional que transitaba por la “escondida senda” de la primera lira.


En esta Canción de la vida solitaria fray Luis adopta un tono moralizante para desarrollar un tópico impregnado de enseñanzas cristianas y de poesía latina e italiana. Consigue, sin embargo, evitar la rigidez o la frialdad del simple ejercicio retórico y transmitir unos sentimientos sinceros que cualquier lector actual puede compartir.

Para tal fin, es esencial el lenguaje sencillo, apenas enturbiado por hipérbatos de fácil resolución y metáforas comprensibles: todos podemos interpretar, con una lectura atenta, el verdadero significado de “ruido”, “escondida senda” o del “cantar sabroso” de las aves. La identificación de fuentes clásicas es labor que corresponde a filólogos y eruditos, pero esto no menoscaba el disfrute del poema. El estilo abrupto, por otra parte, está justificado como reflejo del repudio que le inspira el comportamiento vano de los hombres. Fondo y forma se compenetran en esta canción que, por su gusto y armonía, se ha convertido en la más conocida de su autor y una de las más célebres de la literatura española[vi].


[i] Sus biógrafos destacan la intransigencia con la que criticó las costumbres laxas de los frailes, así como las controversias teológicas en la universidad, fuente de malquerencias y amonestaciones por parte de pares y superiores.

[ii] Secreto significa “lugar apartado” o “lugar más íntimo de un santuario”; almo, por su parte, quiere decir “alimentador, vivificador”. Un almo reposo es, por tanto, un descanso reconstituyente, mientras que alma mater no es “alma madre” como afirman traducciones insensatas, sino “madre nutricia”, que procura alimento.

[iii] Es decir, se comparan.

[iv] Existe una sinécdoque en leño=barco (el material es asimilado por el objeto).

[v] Cabe comentar la aparente falta de concordancia en el verso 70 (¿cuál es el sujeto de“enriquecen”?). Se trata de una concordancia ad sensum en la que el autor hace concordar el verbo con el significado colectivo de “vocería” (verso 69) o con “los que desconfían” de la estrofa anterior.

[vi] Como prueba de esta afirmación, valga el sintagma “mundanal ruido”, que ha pasado al uso corriente de la lengua, incluso en labios de personas que nunca han leído el poema.

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