Categoría: Literatura hispanoamericana

Acerca de “La lotería en Babilonia”, de Borges

Ficciones es una de las obras más conocidas de Jorge Luis Borges, pero incluye en realidad dos libros de relatos: El jardín de los senderos que se bifurcan, publicado en 1941, y Artificios, de 1944. “La lotería en Babilonia” pertenece al primero.


Los cuentos de Borges son una lectura tan gratificante como densa. No me propongo, por tanto, descifrar las referencias eruditas del texto ni explicar las ideas de índole filosófico o religioso que se despliegan en estas páginas. Tampoco pretendo analizar todas las posibles interpretaciones de la obra, sino ofrecer una lectura personal centrada en un aspecto que considero importante.


Este cuento es notable por varias razones: la imaginación desatada del autor, el alcance metafísico de las ideas (el bien y el mal, el destino del hombre, el infinito, la muerte…), un estilo peculiar que oscila entre la sobriedad y el lirismo (Yo sé de una región cerril…). Sin embargo, hay un aspecto menos llamativo en lo literario aunque, bajo mi punto de vista, singular: la inclusión del concepto de responsabilidad individual como motor de la sociedad.


No se trata de un tema cultivado copiosamente por autores o intelectuales, proclives en lo social a pedir derechos y a tratar al individuo como objeto pasivo de la acción de la autoridad. Borges, al contrario, critica en este cuento la actitud acomodaticia de las sociedades que depositan el control de sus vidas en gobiernos y religiones, renunciando a su responsabilidad y, por tanto, a su libertad. El autor se aleja así de “compromisos con el hombre”, “denuncias sociales” y otros activismos tan aparentes como vacíos. Para mejorar la sociedad, Borges sitúa por encima de todo al individuo, inseparable de su responsabilidad. Cuando esto falta, sobreviene el desorden. Pero es que Borges era de derechas, claro, y le gustaban el orden, la responsabilidad y esas cosas anticuadas. Un verdadero asco de tío, vamos.


Recordemos brevemente el argumento. En el primer párrafo, un hombre enumera las vivencias acumuladas en su vida. A continuación, afirma que todas se deben a la lotería. Esta confesión sorprendente revela el tema principal del cuento: la ausencia de responsabilidad en las acciones del ser humano y sus consecuencias.


A continuación, se describe la evolución de la lotería de Babilonia. Al principio era un simple sorteo en el que unos pocos participantes voluntarios podían ganar unas monedas; más tarde se abandonó el dinero para repartir premios y castigos que afectaban a la vida de las personas. En fases posteriores se hace obligatoria la participación para todos los babilonios y la lotería pasa a ser controlada por una enigmática “Compañía”, de la que no se sabe nada. Sin embargo, esta compañía aparece como la responsable de la dicha y la miseria de la gente.


A mi juicio, el mensaje principal es la injusticia que produce la ausencia de referentes morales definidos y respetados. La idea del autor es que en la sociedad el Bien y el Mal ya no existen. Da igual cómo se comporte el individuo. Los que hacen el bien pueden ser castigados y los que hacen el mal premiados. Esta postura puede interpretarse como una crítica del relativismo en las sociedades contemporáneas y de la ausencia de responsabilidad en el individuo. Esta circunstancia desemboca en otro tema recurrente del autor: la falta de responsabilidad genera un caos en el que el hombre es incapaz de encontrar un sentido a su vida.


Así pues, debido a la lotería, el narrador y los babilonios (esto es, el individuo y la sociedad) no son responsables de su vida ni de sus actos. El bien o el mal están decididos por una organización secreta, es decir, por nadie (todas las citas proceden de la edición de Alianza Editorial, Colección Biblioteca de Autor, 2007):


Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. (67)


Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, a la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia. (71)


El segundo fragmento revela que la noción de azar es fundamental en el relato. De una contingencia propia del juego pasa a determinar la vida de los ciudadanos, puesto que es el único criterio para adjudicar premios y castigos.


¿No convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? […]


Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo, que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla… Tal es el esquema simbólico. (73,74)


Este aparente azar es, en realidad, el resultado de la falta de responsabilidad que acaba convirtiendo la vida de las personas en un laberinto absurdo en el que todo es posible y todo está justificado por el hecho de ocurrir. Podemos apreciar aquí uno de los temas recurrentes en los cuentos de Borges: el hombre está perdido en esta vida, nunca encontrará un sentido a su existencia haga lo que haga.


Por otro lado, al atribuir a la Compañía características propias de las religiones, los individuos admiten la alienación de su responsabilidad:


De esa bravata de unos pocos, nace el todopoder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico. (69)


Pero hay que recordar que los individuos de la compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. (71)


Cabe comentar en este punto la posibilidad de identificar a la Compañía con la dictadura, que controla la vida de sus súbditos y reparte premios y castigos sin ninguna justificación moral, o con la Iglesia (en su aspecto jerárquico). Sin embargo, creo que el primer objeto de la crítica en el cuento es el pueblo que renuncia a su responsabilidad. Veamos estas citas:


Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos. (69)


El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas ni las esferas giratorias que lo revelan. (73)


Se comprueba así que el verdadero motor de la lotería son los ciudadanos: son los que la inventan, los que alientan su desarrollo, los que exigen más premios y castigos, los que, en definitiva, otorgan a la Compañía todo su poder, hasta el extremo de convertirla en una suerte de jerarquía eclesiástica. La lotería no se impone ni hay una opresión desde arriba.  En realidad,  su poder ha sido demandado por la gente. No creo, por tanto, que haya que identificarla con un poder dictatorial.


Al final del cuento se llega a afirmar que el individuo puede descargar la responsabilidad de cualquier acto, por inexplicable u horrible que sea, en el azar, lo desconocido… Se llegaría así a una sociedad caótica, ingobernable, puesto que nadie debe rendir cuentas de sus actos:


El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? (76)


El cuento concluye con cinco hipótesis sostenidas entre los babilonios acerca de la existencia de la Compañía. La enumeración transmite con eficiencia la confusión del hombre en la sociedad y su incapacidad para encontrar un sentido a su vida.


En definitiva, “La lotería de Babilonia” expone, bajo la maestría narradora de Borges, unos temas universales a la par que modernos, como la función del individuo en la sociedad o la tendencia a considerar que los gobiernos deben buscar la felicidad de sus ciudadanos. En la lectura que este comentario sugiere no se hace responsable de la angustia vital del ser humano a instancias superiores como la comunidad o el estado. Es el individuo, al contrario, el que ha de controlar su destino, puesto que una sociedad de individuos sin responsabilidad lleva al desconcierto y a la injusticia.

El tema principal de El coronel no tiene quien le escriba

A mi juicio, el tema principal de El coronel no tiene quien le escriba es la dignidad de la persona que no se rinde ante las injusticias del poder. El coronel no es un anciano derrotado por la pobreza ni un iluso que todavía espera ingenuamente la pensión y las victorias del gallo, sino una persona que luchó por la libertad y que se opone de la única manera que puede a la tiranía: con sus principios inquebrantables. Su conducta íntegra entre la soledad, la incomprensión y el desprecio de todos le convierte en un personaje conmovedor, admirable, universal.

El protagonista va todos los viernes al puerto con la esperanza de recibir la carta que le anuncie la pensión correspondiente como militar retirado. Sabemos que esa carta nunca va a llegar, puesto que los militares en el poder (a la sazón el general Rojas Pinilla, aunque nunca se le menciona en la novela) nunca recompensarán a un enemigo político. Esto le presenta a ojos de sus paisanos y de algún lector despistado como un cándido obstinado. Sin embargo, el coronel no va al puerto a comprobar si hay correo, sino a reclamar lo que es suyo y a demostrar que no se rinde. Ya no tiene edad para echarse al monte con un fusil, pero sí para recordarles a los opresores con su presencia que están cometiendo una injusticia y que él no piensa transigir. Dejar de ir al puerto significaría aceptar el abuso, reconocer que el dictador ha vencido.

Lo mismo puede decirse del gallo. En el fondo, el coronel no cuida del gallo con la esperanza de ganar dinero. Tras la muerte de Agustín, el animal se ha convertido en un símbolo de resistencia política en el pueblo y en un recordatorio del hijo perdido. Venderlo sería rendirse ante la injusticia que supuso tal crimen, dejarse vencer por la desesperanza. Así se entiende por qué don Sabas insiste en que se deshaga del animal. Él es un traidor, un corrupto que se entregó al régimen hace tiempo y, por tanto, carece del idealismo y la fortaleza moral del coronel.

Por otro lado, la rectitud del protagonista se ve reforzada por un carácter independiente y un punto altivo: no lleva sombrero “para no tener que quitármelo delante de nadie”, “el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura”. Es también disciplinado, optimista y constante. La preparación del café al principio de la novela, su manera de escribir tal como le enseñaron “en la escuela pública de Manaure”, el buen humor o el trato cariñoso hacia su esposa son ejemplos. No desesperarse es una manera de demostrar que la pobreza y la injusticia causadas por la dictadura no podrán derrotarlo.

Así pues, abundan en la novela gestos cotidianos y comentarios aparentemente banales, pero que revelan su compromiso con la justicia y su integridad invulnerable. Por ejemplo, una vez que se ha comprendido que el carácter luchador del coronel se refleja en estas acciones ordinarias podemos explicarnos una decisión en apariencia absurda: el coronel decide gastar el poco dinero que consigue en saldar cuentas con don Sabas, a quien unos pocos pesos no le hacen ninguna falta. No actúa así por cabezonería o por amistad hacia su “compadre”, sino porque su dignidad le impide beneficiarse del dinero manchado de un traidor.

Respecto a su actitud con Don Sabas, se podría pensar que las horas de espera en su casa sin que se le haga caso son una humillación para el coronel. Además, esta mansedumbre no sería coherente con el orgullo del protagonista. Sin embargo, lo que el coronel está haciendo realmente durante estas visitas es recordarle a don Sabas con su presencia que no es más que un traidor y un miserable. Cada minuto de silencio mirando por la ventana, cada comentario intrascendente son como una pequeña puñalada en la conciencia del enfermo. De nuevo, enfrentarse a don Sabas le exigiría un gran esfuerzo, que acabaría siendo en vano. El coronel prefiere esta manera sutil y pausada de pasarle a su antagonista su miseria moral por la cara.

En definitiva, su insistencia en ir cada viernes a recibir el correo y su negativa a vender el gallo no son muestras de un carácter ingenuo u optimista. Son las únicas armas de protesta que le quedan. Recibir esa pensión es un acto de justicia y no tiene por qué olvidarse del asunto. Dejar de ir al puerto y vender el gallo sería rendirse ante un régimen militar usurpador e injusto. No tiene fuerzas para continuar en la clandestinidad, como su hijo y sus amigos. Reclama, pues, lo que es suyo como única manera de ser coherente consigo mismo, aunque eso le obligue a vivir en soledad. Este rasgo convierte al coronel en un personaje literario universal. No es su paciencia lo que le hace grande, sino su rebeldía y su afán inquebrantable de justicia.