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La madurez de Darío y el modernismo: comentario de “Lo fatal”.

Este sobrecogedor poema es una expresión sutilísima, a la par que rotunda, de la poesía modernista en español. Sutil, porque los elementos característicos de esta corriente aparecen tenuemente evocados, ahogados en el pesimismo aterrador de la voz poética; rotunda, puesto que la intimidad del alma se expone con una vehemencia inaudita.

XLI

Lo fatal

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

Y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

Ni mayor pesadumbre que la vida consciente.


Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,                            5

Y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

Y sufrir por la vida y por la sombra y por


Lo que no conocemos y apenas sospechamos,

Y la carne que tienta con sus frescos racimos,                 10

Y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

Y no saber adónde vamos,

Ni de dónde venimos…!

Edición de José María Martínez para Cátedra (2006)

www.casaamerica.esCantos de vida y esperanza (1905) desnuda con sus versos un alma exhausta y desencantada. Rubén Darío, a los treinta y ocho años, es un hombre muy diferente del que publicó Azul… o Prosas profanas. Es un hombre dolorido, que no espera de la vida más que sufrimiento. En Cantos… no encontramos dudas existenciales, sino la certidumbre de que la vida humana es un drama que estamos condenados a vivir.

Al mismo tiempo, su estilo se aleja del caudal sensorial y la exuberancia de sus obras anteriores. Sin embargo, es “el gran libro de Darío y del modernismo entero”, en palabras de Oviedo1. En efecto, aunque Cantos… no sea un libro austero, se puede afirmar que Darío es más modernista que nunca en los versos secos y amargos de “Lo fatal”.

Esta contradicción se explica si tenemos en cuenta que la hiperestesia, el exotismo y otros rasgos de estilo cultivados por los poetas modernistas no son la esencia de esta corriente, como a menudo se afirma. A mi juicio, la esencia del modernismo hispanoamericano como movimiento literario es el afán de regeneración espiritual que mueve a los escritores. Esto se puede manifestar en un lenguaje frondoso y ubérrimo con el que el autor protesta por la vulgaridad material de su tiempo, como se puede apreciar en Prosas profanas; o en ambientes refinados que albergan objetos artísticos para señalar la superioridad de las almas cultivadas, como en Lugones; o en la exaltación de las raíces latinas y de las relaciones con España y Francia por oposición a la política expansionista de los Estados Unidos, como en el propio Darío, en Rodó o en Larreta. En todo se aprecia un anhelo por alcanzar la obra de arte excelente que procure solaz intelectual y perfeccionamiento al ciudadano americano, cuya vida diaria ven sumergida en un materialismo burgués y ramplón2.

Tal anhelo de regeneración espiritual empuja a los intelectuales a buscar lo inaudito, lo novedoso. La descarnada introspección de Cantos… es, por tanto, plenamente modernista, puesto que Darío muestra su intimidad con una franqueza nunca vista. Esta actitud influye imponderablemente en la poesía del siglo XX, como acredita la lista de autores que reconocen a Darío como maestro: Lugones, Larreta, Rodó ( a pesar de sus críticas), Valencia en América; los Machado y Juan Ramón Jiménez, nada menos, en España, por citar a unos pocos.

Así pues, en “Lo fatal” aparecen elementos característicos del modernismo, como la naturaleza, los sentidos y el erotismo, evocados en el atardecer amargo del poeta. La trayectoria vital de Rubén Darío es la del modernismo: desde el poderío juvenil hasta la lucidez de la edad madura, Darío cierra el ciclo de este movimiento. Tras él, hay literatura modernista de gran calidad, pero difícilmente reflejará el alma humana con la honradez y la magnitud del nicaragüense.

El tema central es el profundo dolor que la vida causa en la voz poética. El vacío de la existencia humana, el temor a la muerte, la ignorancia del futuro, todo produce una desolación indecible en el poeta. Como ya hemos dicho, no trata de las dudas de un hombre ante la muerte, sino de la lucidez de quien ha vivido y sabe que no hay sino pesar en la existencia humana. El tono sombrío, implacable, convierte esta composición en un cierre tajante de Cantos de vida y esperanza, así como en una cumbre de la lírica en español.

La madurez del poeta se desvela en el estilo sentencioso y filosófico de la primera estrofa. Sentencioso, por la estructura argumentativa que proporcionan la causal y la consecutiva (versos 2 y 3) y por el dramatismo de las comparativas (“no hay dolor más grande”); filosófico por la idea schopenhaueriana según la cual el conocimiento engendra infelicidad, y la felicidad es la ausencia de dolor. Así, la única manera de ser feliz consiste en no sentir, como el árbol “dichoso” y de la “piedra dura”. La voz poética, mientras no alcance un estado lisonjero de ataraxia, está condenada a sufrir3.

Por otro lado, “árbol” y “piedra” son apenas sombras de la naturaleza y de los objetos favorables al embeleso sensorial (es decir, que de aquella piedras preciosas, en el alma del Darío maduro ya sólo queda “piedra dura”).

El resto del poema se construye en torno a contraposiciones que transmiten con eficacia la zozobra íntima de la voz poética. El quinto verso, por ejemplo, es extraordinario. Más que una contradición, es una compleja estructura en la que la existencia (“ser”) y la ausencia de conocimiento (“no saber nada”) se entreveran en una pavorosa definición de la vida humana (“ser sin rumbo cierto”).

El pasado (“el temor de haber sido”) y el futuro (“un futuro terror”) conforman una nueva oposición en el verso sexto, en la que la vida aparece dominada por el miedo, el “espanto” ante la muerte del verso séptimo.

En el verso décimo encontramos otro pálido vestigio del fulgor modernista. De la voluptuosidad pretérita nos queda una imagen, la “carne” como “frescos racimos”. La estructura paralela del verso decimoprimero transforma la carne en “tumba” y los “frescos racimos” en “fúnebres ramos”. Nótese el recurso fónico unido a la contraposición para transmitir lo inexorable del lecho postrero. El último verso, quebrado en 12 y 13, es la declaración definitiva de la congoja existencial del poeta, como si él mismo y su voz se doblaran, abrumados por una aflición inefable.

En definitiva, “Lo fatal” supera los límites del modernismo al presentar sentimientos universales como el desencanto y el sufrimiento que procura el existir humano. El lenguaje claro y directo de estos versos es el resultado de la evolución personal y poética del autor, una de las más señaladas de la literatura en español. Con los años, el estilo de Darío toma el camino más laborioso: la búsqueda de una expresión más sencilla. Por tanto, en Cantos…, Rubén Darío refuta las opiniones superficiales que lo relacionan con cisnes blancos, exóticas princesas y florido decir lírico, un sí es no es almibarado. Esto no quiere decir, empero, que Darío abandona el modernismo para cultivar una poesía seria. Al contrario, el modernismo alcanza su madurez gracias al genio poético del americano y puede postularse, con estas credenciales, como una de las más altas empresas intelectuales y literarias del siglo XX.

1José Miguel Oviedo, Historia de la literatura hispanoamericana 2. Del Romanticismo al Modernismo, Alianza Editorial, Madrid, 2005.

2Actitud típica de los intelectuales de cualquier época. El refinamiento espiritual es encomiable, pero tampoco hay que censurar la búsqueda del progreso material. En primer lugar, porque cada uno cifra su felicidad en lo que le parece conveniente; en segundo lugar, porque ellos mismos se benefician de una mejor asistencia sanitaria, de la higiene y comodidad en las viviendas y de otras cosas sin que eso les parezca digno de reproche.

3. – Schopenhauer aparece citado como inspiración del mismo sentimiento en Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia. El desencanto del joven que no halla a nadie que le proporciones la sabiduría que ansía ( ni su padre, ni sus profesores, ni sus superiores) concuerda con los sentimientos aquí descritos (“ser, y no saber nada”).

Comentario de texto: “Dolor”, poema de Alfonsina Storni.

Antes de entrar en el comentario, cabe subrayar la afinidad de este poema con Ocaso, soneto de Manuel Machado cuyo análisis se puede consultar aquí. En ambos, la voz poética anhela encontrar la paz eterna en la muerte, representada por el mar.

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Los dos poemas son de muy grata lectura, aunque en El violento matiz de la amapola nos decantamos por los versos de Machado, tal vez porque el colorido del lenguaje y la hábil estructura logran hacernos sentir las borrascas espirituales del poeta de manera más vehemente. Sin embargo, Dolor estremece al anunciar la muerte de la Storni: el 28 de octubre de 1938 encontraron su cadáver en la playa de la Perla, en Mar del Plata. La mujer que tantos versos escribió sobre el mar y la muerte murió como en sus poemas.

Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,                               5
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;                                           10
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas                            15
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:                20
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

A pesar de unas circunstancias personales penosas (de origen humilde, madre sola a los veinte años) Alfonsina Storni (1892 – 1938 ) logró hacerse un hueco en el mundo literario hispanoamericano del principios del siglo XX. A los veintipocos años ya publicaba sus poemas en las revistas Mundo Argentino y Caras y caretas, junto a Amado Nervo, Rubén Darío, José Enrique Rodó y Julio Herrera y Reissig. Con treinta y un años era una autora establecida, que gozaba del favor del público y de la amistad de figuras literarias como Horacio Quiroga y Gabriela Mistral. Con su obra, Alfonsina Storni contribuye a cimentar el prestigio del Modernismo como renovación literaria perdurable, puesto que su sincera visión del ser humano y de su vida supera las contingencias estéticas por las que también se caracteriza este movimiento.

El reconocimiento profesional no logró borrar la amargura en los últimos años de su vida. En 1936 escribió estos versos tras el suicidio de Quiroga:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal;

Un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Allá dirán.

Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte

Que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías…

Allá dirán.

Murió, como ya hemos dicho, en 1938, tras varios años de tratamiento contra el cáncer.

El tema principal de Dolor, como de otros muchos poemas de la autora,refleja su actitud vital. Este poema nos transmite el deseo de la voz poética de olvidar un dolor indecible del alma abandonándose a la muerte.

En cuanto a la estructura externa, tenemos veintidós versos dodecasílabos, con rima consonante en los pares.

La estructura interna, por su parte, puede ser analizada con dos criterios relacionados entre sí. Por un lado, observamos que todos los infinitivos que aparecen en la composición dependen sintácticamente del verbo principal “quisiera” con el que se abre el primer verso (y que se repite en el quinto). Como veremos, con esta estructura los versos se impregnan de un tono lánguido característico.

El otro análisis subraya la estructura gradual del poema. El anhelo expresado mediante ese verbo principal “quisiera” se intensifica poco a poco a través de los infinitivos dependientes. Bajo este punto de vista, podemos distinguir las siguientes partes:

1a parte (versos 1 a 8): contraposición entre el alma poética y el paisaje. La voz poética adopta un punto de vista externo, puesto que los verbos nos refieren acciones (“pasear”, “pasar”) y una comparación entre la voz poética y el paisaje (“ser alta”). A pesar de su indudable valor simbólico, esta comparación se establece desde el punto de vista externo mencionado.

2a parte (versos 9 a 18): el punto de vista del poema se traslada al interior de la voz poética, que nos transmite sentimientos íntimos: “dejarme llevar”, “ver”, “pensar”.

3a parte (versos 19 a 22): la voz poética manifiesta un nuevo deseo, destacado de los anteriores por más dramático. Esta intensificación se corresponde con la estructura gradual comentada más arriba.

Veamos ahora cada una de estas partes con más detalle. El poema comienza con el verbo “quisiera” del que dependen los demás infinitivos. Esta relación no es sólo sintáctica, puesto que tal elección nos permite apreciar que todo lo expresado en el poema no son experiencias sino deseos. Así pues, ya desde la primera palabra el tema principal aroma de melancolía la composición.

Por otro lado, en esta primera estrofa se describe el espacio poético de la obra. Para tal fin, la autora utiliza un lenguaje propiamente modernista. Por ejemplo, la mención a octubre en el primer verso. Es el mes del otoño, de la lluvia, de las hojas muertas… Predispone, sin duda, a la tristeza que tiñe la composición. En esta estrofa destaca asimismo la adjetivación superlativa (“divina” en el primer verso y “pura” en el cuarto), frecuente en el ornado estilo modernista. “Lejana”, en el segundo verso, parece evocar el exotismo que los modernistas gustaban de pintar en sus poemas como reacción al mundo prosaico, materialista, en el que vivían. Sin embargo, habremos de leerlo como un catalizador de la emoción poética antes que como una simple localización geográfica. Por último, el tercer verso incluye dos notas visuales (“oro” y “verde”) que ilustran la afición modernista a estimular los sentidos para transmitir ideas o sentimientos: la abundancia de adjetivos referidos al tacto, al oído, al olfato, etc. enardecen la sensibilidad del lector y su capacidad de emocionarse.

Todavía en la primera parte, la segunda estrofa confronta la voz poética y el paisaje. El objetivo es acentuar la atracción (recalcada por la repetición de “quisiera” en el verso 5) que la voz siente hacia la promesa bienhechora del paisaje. Nótese la gradación en el quinto verso, desde el adjetivo positivo “alta”, pasando por el superlativo “soberbia” hasta el absoluto “perfecta”. Esta ascensión representa la transición entre el mundo real (la vida) y el todo espiritual hacia el que nos impulsa la muerte. En los versos 7 y 8 incluyen el segundo término de la comparación, el mar. La adjetivación es, en apariencia, sobria (“grandes”, “muertas”, “anchas”) pero aporta al paisaje esa pátina de irrealidad que nos guía hacia el alma del poeta antes que al espacio descrito. Tengamos en cuenta que nos hallamos en plena corriente simbolista, que se caracteriza, entre otras cosas, por convertir paisajes y ambientes en símbolos de las emociones y quebrantos del poeta. Mencionemos, para terminar esta primera parte, la estructura binaria “adjetivo + sustantivo” que se repite en los versos 7 y 8. Unida al polisíndeton, imprime un ritmo lento a la lectura acorde con los sentimientos que se transmiten.

Los dos primeros versos de la segunda parte presentan el mismo tipo de estructura (polisíndeton más sintagma repetido, en esta ocasión “sustantivo + adjetivo”). Los adjetivos elegidos (“lento”, “fríos”, “muda”) insinúan al lector la morosidad de la muerte. Esta sensación se confirma al leer la perífrasis “dejarme llevar”, dependiente, como hemos visto, del verbo principal “quisiera”. El deseo de morir, central en este poema, se despliega gradualmente en la lectura.

Los ocho versos restantes, que completan esta segunda parte, aparecen pareados, con una estructura paralela: “verbo (ver / pensar) + verbo en negación”. De nuevo, el polisíndeton moldea el ritmo nostálgico de la lectura. En cuanto al contenido, cada uno de estos pareados contrapone un elemento del paisaje (las olas, las aves, los barcos) con el anhelo de paz eterna que anima la composición. En efecto, si analizamos el segundo término de la contraposición hallamos lo siguiente: “no parpadear”, “no despertar”, “no suspirar”, “no desear amar”, cuyo significado no precisa explicación. Cada uno contrasta con la acción expresada en el primer término, todas ellas relacionadas con el mar e impregnadas de un tono pesimista:

“se rompen las olas azules” (verso 11), “las aves rapaces se comen / los peces pequeños” (versos 13 y 14), “las frágiles barcas / hundirse en las aguas” (versos 15 y 16).

Sorprendentemente, los dos últimos versos de esta parte presentan un elemento que no corresponde al espacio poético en el que nos hemos hallado hasta ahora. En efecto, este “hombre más bello” extrae momentáneamente el poema del plano simbólico para referirse a la motivación íntima del alma poética sin la elaboración literaria del paisaje. No obstante, el paralelismo del segundo término vuelve a aparecer. De esta manera adquirimos la certeza de que es la ausencia de amor la causa de la desesperanza en el poema.

El arranque de la tercera parte es coherente con la estructura gradual de la composición. Para empezar, la primera parte de las estructuras bimembres que hemos comentado anteriormente desaparece, de manera que el sintagma “perder la mirada” (verso 19) aparece con claridad como metáfora de la muerte, en la que se insiste en el verso siguiente. Por último, los dos versos finales vuelven al punto de vista de la primera parte, en la que el protagonismo poético lo adquiere la presencia física de la voz en el paisaje. Cabe señalar la diferencia entre la situación determinada que plantea el verso 2 (“pasear por la orilla lejana del mar”) y la imprecisión de esta “figura erguida, entre cielo y playa”. El límite entre el cuerpo y el alma se borran. De hecho, han ido desapareciendo a medida que el anhelo por la muerte afloraba en el poema. Ya no cabe duda de que este es el tema central, y la autora elige una nueva metáfora para cerrar la composición de manera franca a la par que evocadora: la muerte como “olvido perenne”.

Es, en resumen, un poema bellísimo que impresiona por la claridad de la expresión y la honradez del sentimiento. El vigor de estos versos justifica la posición de la Storni en la literatura hispanoamericana y el favor que generaciones de lectores le han concedido.

Acerca de “La lotería en Babilonia”, de Borges

Ficciones es una de las obras más conocidas de Jorge Luis Borges, pero incluye en realidad dos libros de relatos: El jardín de los senderos que se bifurcan, publicado en 1941, y Artificios, de 1944. “La lotería en Babilonia” pertenece al primero.


Los cuentos de Borges son una lectura tan gratificante como densa. No me propongo, por tanto, descifrar las referencias eruditas del texto ni explicar las ideas de índole filosófico o religioso que se despliegan en estas páginas. Tampoco pretendo analizar todas las posibles interpretaciones de la obra, sino ofrecer una lectura personal centrada en un aspecto que considero importante.


Este cuento es notable por varias razones: la imaginación desatada del autor, el alcance metafísico de las ideas (el bien y el mal, el destino del hombre, el infinito, la muerte…), un estilo peculiar que oscila entre la sobriedad y el lirismo (Yo sé de una región cerril…). Sin embargo, hay un aspecto menos llamativo en lo literario aunque, bajo mi punto de vista, singular: la inclusión del concepto de responsabilidad individual como motor de la sociedad.


No se trata de un tema cultivado copiosamente por autores o intelectuales, proclives en lo social a pedir derechos y a tratar al individuo como objeto pasivo de la acción de la autoridad. Borges, al contrario, critica en este cuento la actitud acomodaticia de las sociedades que depositan el control de sus vidas en gobiernos y religiones, renunciando a su responsabilidad y, por tanto, a su libertad. El autor se aleja así de “compromisos con el hombre”, “denuncias sociales” y otros activismos tan aparentes como vacíos. Para mejorar la sociedad, Borges sitúa por encima de todo al individuo, inseparable de su responsabilidad. Cuando esto falta, sobreviene el desorden. Pero es que Borges era de derechas, claro, y le gustaban el orden, la responsabilidad y esas cosas anticuadas. Un verdadero asco de tío, vamos.


Recordemos brevemente el argumento. En el primer párrafo, un hombre enumera las vivencias acumuladas en su vida. A continuación, afirma que todas se deben a la lotería. Esta confesión sorprendente revela el tema principal del cuento: la ausencia de responsabilidad en las acciones del ser humano y sus consecuencias.


A continuación, se describe la evolución de la lotería de Babilonia. Al principio era un simple sorteo en el que unos pocos participantes voluntarios podían ganar unas monedas; más tarde se abandonó el dinero para repartir premios y castigos que afectaban a la vida de las personas. En fases posteriores se hace obligatoria la participación para todos los babilonios y la lotería pasa a ser controlada por una enigmática “Compañía”, de la que no se sabe nada. Sin embargo, esta compañía aparece como la responsable de la dicha y la miseria de la gente.


A mi juicio, el mensaje principal es la injusticia que produce la ausencia de referentes morales definidos y respetados. La idea del autor es que en la sociedad el Bien y el Mal ya no existen. Da igual cómo se comporte el individuo. Los que hacen el bien pueden ser castigados y los que hacen el mal premiados. Esta postura puede interpretarse como una crítica del relativismo en las sociedades contemporáneas y de la ausencia de responsabilidad en el individuo. Esta circunstancia desemboca en otro tema recurrente del autor: la falta de responsabilidad genera un caos en el que el hombre es incapaz de encontrar un sentido a su vida.


Así pues, debido a la lotería, el narrador y los babilonios (esto es, el individuo y la sociedad) no son responsables de su vida ni de sus actos. El bien o el mal están decididos por una organización secreta, es decir, por nadie (todas las citas proceden de la edición de Alianza Editorial, Colección Biblioteca de Autor, 2007):


Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. (67)


Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, a la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia. (71)


El segundo fragmento revela que la noción de azar es fundamental en el relato. De una contingencia propia del juego pasa a determinar la vida de los ciudadanos, puesto que es el único criterio para adjudicar premios y castigos.


¿No convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola? […]


Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo, que dirá el nombre del verdugo, dos pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro, digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas), otros pueden negarse a cumplirla… Tal es el esquema simbólico. (73,74)


Este aparente azar es, en realidad, el resultado de la falta de responsabilidad que acaba convirtiendo la vida de las personas en un laberinto absurdo en el que todo es posible y todo está justificado por el hecho de ocurrir. Podemos apreciar aquí uno de los temas recurrentes en los cuentos de Borges: el hombre está perdido en esta vida, nunca encontrará un sentido a su existencia haga lo que haga.


Por otro lado, al atribuir a la Compañía características propias de las religiones, los individuos admiten la alienación de su responsabilidad:


De esa bravata de unos pocos, nace el todopoder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico. (69)


Pero hay que recordar que los individuos de la compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. (71)


Cabe comentar en este punto la posibilidad de identificar a la Compañía con la dictadura, que controla la vida de sus súbditos y reparte premios y castigos sin ninguna justificación moral, o con la Iglesia (en su aspecto jerárquico). Sin embargo, creo que el primer objeto de la crítica en el cuento es el pueblo que renuncia a su responsabilidad. Veamos estas citas:


Instada por los jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos. (69)


El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas ni las esferas giratorias que lo revelan. (73)


Se comprueba así que el verdadero motor de la lotería son los ciudadanos: son los que la inventan, los que alientan su desarrollo, los que exigen más premios y castigos, los que, en definitiva, otorgan a la Compañía todo su poder, hasta el extremo de convertirla en una suerte de jerarquía eclesiástica. La lotería no se impone ni hay una opresión desde arriba.  En realidad,  su poder ha sido demandado por la gente. No creo, por tanto, que haya que identificarla con un poder dictatorial.


Al final del cuento se llega a afirmar que el individuo puede descargar la responsabilidad de cualquier acto, por inexplicable u horrible que sea, en el azar, lo desconocido… Se llegaría así a una sociedad caótica, ingobernable, puesto que nadie debe rendir cuentas de sus actos:


El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? (76)


El cuento concluye con cinco hipótesis sostenidas entre los babilonios acerca de la existencia de la Compañía. La enumeración transmite con eficiencia la confusión del hombre en la sociedad y su incapacidad para encontrar un sentido a su vida.


En definitiva, “La lotería de Babilonia” expone, bajo la maestría narradora de Borges, unos temas universales a la par que modernos, como la función del individuo en la sociedad o la tendencia a considerar que los gobiernos deben buscar la felicidad de sus ciudadanos. En la lectura que este comentario sugiere no se hace responsable de la angustia vital del ser humano a instancias superiores como la comunidad o el estado. Es el individuo, al contrario, el que ha de controlar su destino, puesto que una sociedad de individuos sin responsabilidad lleva al desconcierto y a la injusticia.

El tema principal de El coronel no tiene quien le escriba

A mi juicio, el tema principal de El coronel no tiene quien le escriba es la dignidad de la persona que no se rinde ante las injusticias del poder. El coronel no es un anciano derrotado por la pobreza ni un iluso que todavía espera ingenuamente la pensión y las victorias del gallo, sino una persona que luchó por la libertad y que se opone de la única manera que puede a la tiranía: con sus principios inquebrantables. Su conducta íntegra entre la soledad, la incomprensión y el desprecio de todos le convierte en un personaje conmovedor, admirable, universal.

El protagonista va todos los viernes al puerto con la esperanza de recibir la carta que le anuncie la pensión correspondiente como militar retirado. Sabemos que esa carta nunca va a llegar, puesto que los militares en el poder (a la sazón el general Rojas Pinilla, aunque nunca se le menciona en la novela) nunca recompensarán a un enemigo político. Esto le presenta a ojos de sus paisanos y de algún lector despistado como un cándido obstinado. Sin embargo, el coronel no va al puerto a comprobar si hay correo, sino a reclamar lo que es suyo y a demostrar que no se rinde. Ya no tiene edad para echarse al monte con un fusil, pero sí para recordarles a los opresores con su presencia que están cometiendo una injusticia y que él no piensa transigir. Dejar de ir al puerto significaría aceptar el abuso, reconocer que el dictador ha vencido.

Lo mismo puede decirse del gallo. En el fondo, el coronel no cuida del gallo con la esperanza de ganar dinero. Tras la muerte de Agustín, el animal se ha convertido en un símbolo de resistencia política en el pueblo y en un recordatorio del hijo perdido. Venderlo sería rendirse ante la injusticia que supuso tal crimen, dejarse vencer por la desesperanza. Así se entiende por qué don Sabas insiste en que se deshaga del animal. Él es un traidor, un corrupto que se entregó al régimen hace tiempo y, por tanto, carece del idealismo y la fortaleza moral del coronel.

Por otro lado, la rectitud del protagonista se ve reforzada por un carácter independiente y un punto altivo: no lleva sombrero “para no tener que quitármelo delante de nadie”, “el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura”. Es también disciplinado, optimista y constante. La preparación del café al principio de la novela, su manera de escribir tal como le enseñaron “en la escuela pública de Manaure”, el buen humor o el trato cariñoso hacia su esposa son ejemplos. No desesperarse es una manera de demostrar que la pobreza y la injusticia causadas por la dictadura no podrán derrotarlo.

Así pues, abundan en la novela gestos cotidianos y comentarios aparentemente banales, pero que revelan su compromiso con la justicia y su integridad invulnerable. Por ejemplo, una vez que se ha comprendido que el carácter luchador del coronel se refleja en estas acciones ordinarias podemos explicarnos una decisión en apariencia absurda: el coronel decide gastar el poco dinero que consigue en saldar cuentas con don Sabas, a quien unos pocos pesos no le hacen ninguna falta. No actúa así por cabezonería o por amistad hacia su “compadre”, sino porque su dignidad le impide beneficiarse del dinero manchado de un traidor.

Respecto a su actitud con Don Sabas, se podría pensar que las horas de espera en su casa sin que se le haga caso son una humillación para el coronel. Además, esta mansedumbre no sería coherente con el orgullo del protagonista. Sin embargo, lo que el coronel está haciendo realmente durante estas visitas es recordarle a don Sabas con su presencia que no es más que un traidor y un miserable. Cada minuto de silencio mirando por la ventana, cada comentario intrascendente son como una pequeña puñalada en la conciencia del enfermo. De nuevo, enfrentarse a don Sabas le exigiría un gran esfuerzo, que acabaría siendo en vano. El coronel prefiere esta manera sutil y pausada de pasarle a su antagonista su miseria moral por la cara.

En definitiva, su insistencia en ir cada viernes a recibir el correo y su negativa a vender el gallo no son muestras de un carácter ingenuo u optimista. Son las únicas armas de protesta que le quedan. Recibir esa pensión es un acto de justicia y no tiene por qué olvidarse del asunto. Dejar de ir al puerto y vender el gallo sería rendirse ante un régimen militar usurpador e injusto. No tiene fuerzas para continuar en la clandestinidad, como su hijo y sus amigos. Reclama, pues, lo que es suyo como única manera de ser coherente consigo mismo, aunque eso le obligue a vivir en soledad. Este rasgo convierte al coronel en un personaje literario universal. No es su paciencia lo que le hace grande, sino su rebeldía y su afán inquebrantable de justicia.

El coronel sí tiene quien le escriba

[…]

-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero supónte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.

La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.

-Sancocho de gallo. Mañana mismo lo preparas.

Aquella noche, en medio de una vigilia suave y prometedora, el coronel decidió rendirse. “Hoy no voy al puerto”, dijo elevando la voz sobre la trabajosa y acompasada respiración que flotaba en el dormitorio. Mientras su mujer desplumaba el gallo con las primeras luces del alba, el coronel enrolló la hamaca, se vistió con la parsimonia de quien va a recibir una medalla y salió a la calle. Cumplió su palabra y, por primera vez en quince años, no fue al puerto en viernes sino que se llegó al cuartel. “Vengo a ver al alcalde y no me iré sin ser recibido”, le espetó con firmeza al niño, casi un soldado, que hacía guardia en la puerta.En los once minutos que estuvo en el despacho, el coronel denunció al sastre y a todos los compañeros de su hijo Agustín.

Quince días después recibió una compensación por este servicio a la patria, que les permitió comer durante un mes. Don Sabas mostró su satisfacción con invitaciones y copiosos envíos de comida. El coronel los aceptaba con una ligera reverencia del sombrero que su compadre le había regalado.

Cuando, semanas después, don Sabas le ofreció un contrato para vigilar uno de sus almacenes de grano, el coronel se dobló en una sincera genuflexión y se quitó el sombrero. Necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Gracias, compadre, se lo agradezco en el alma.

En fin, al coronel le fue muy bien con sus nuevos amigos. Véalo en esta foto.